Soltera sí, sola nunca, tía

A los doce años la edad de la rebeldía me había llegado con toda la fuerza. Vestimenta negra desde las medias hasta las remeras (que eran corte masculino, obviamente), lucía nombres de bandas hasta en los parches que remendaban mis pantalones. Pero para mis tías, esto “era solo una fase”. “De ahí no se puede poner peor”, “en cualquier momento se pone de novia y se calma”. Estos mensajes llenos de esperanza le llegaban al corazón a mi mamá. Todas las noches les rezaban a todos los dioses para que volviera a mis vestidos de colores de la infancia.

Según ellas, todo empeoró un año después. Fui a la peluquería a cortarme las puntas de mi larga cabellera que me llegaba hasta la cintura y cuando volví a casa mis papás notaron que me habían cortado aproximadamente 50 centímetros. Con orgullo les mostré que mi pelo era ahora igual al de mi papá y al de la mayoría de los miembros de bandas que idolatraba. No les puedo negar que me quedaba fantástico, pero al parecer mi familia no opinaba lo mismo. El principal comentario en “broma” que recibí trataba de cuestionar mi orientación sexual. Con trece años que tenía, no había logrado razonar el planteo que me hacían ¿Por qué mi pelo definiría si me gustan las chicas o no? ¿Por qué sería gracioso? Jamás lo entendí y jamás me lo explicaron, claro.11884982_391098084427297_8308348483294068636_o

Un par de años después fue mi cumpleaños de quince y al convertirme en “mujercita” comenzaron las preguntas en relación a dónde estaba el novio. Bueno, la verdad es que no estaba, nunca lo encontré, nunca apareció, que le vamos a hacer. Yo trataba de explicar, pero mis tías no podían evitar mirarme con una sonrisa cómplice, como si lo estuviera escondiendo en algún rincón para que ellas no lo vieran. Con el tiempo aprendí a jugar al juego, les sonreía de vuelta y movía las cejas sugestivamente. No sé, ¿dónde estará ese novio, eh? Guiño, guiño, sonrisa cómplice y mis tías volvían satisfechas a sus casas, contentas de que la nena finalmente no estaba sola.

Cuando cumplí dieciocho años la cuestión ya era alarmante. Mi evidente soltería era algo que ya no podía ocultar. Además era un gran misterio para mi familia. Todos mis amigos ya habían encontrado parejas y las habían cambiado un par de veces, mas yo no encontraba interés alguno en eso. Tampoco es que evitaba un compromiso, simplemente nunca encontré con quién entablarlo. Sin embargo esto nunca fue suficiente explicación para mi tía Ana, que hasta el día de hoy antes de preguntarme cómo estoy me pregunta si estoy de novia, si al fin encontré a mi hombre ideal.

Hasta el día de hoy, con veinte años encima, mi familia sigue sin comprender la razón de mi aparente soledad amorosa. Una chica tan linda, una chica tan joven, de tan buena familia. Hasta han comenzado a preguntarme si hay “alguna noviecita por allí”. Bueno, no, ni noviecita ni noviecito.

A los ojos de mi pobre tía Ana es como si mi nivel de soltería definiera mi nivel de felicidad, las posibilidades de éxito en mi vida. Pero si prestamos atención, no es solo mi tía ni mi familia. Son las películas, es la televisión, la música, son nuestros pares. Todos nos enojamos si en la historia  nuestro personaje principal no encuentra una pareja y todos  le cantamos a alguien en particular mil y una canciones románticas. ¿Qué es lo que, más allá del deseo natural de la reproducción, que nos hace soñar con la vida de a dos? ¿Realmente hay un destino horrible y desesperante para quien decida voluntariamente encarar la vida sin pareja amorosa? ¿Estamos solos solamente por  estar solteros?

 

Gracias a Abigail Robertson por las imágenes! Buscala en Facebook para ver más de sus ilustraciones. 

One thought on “Soltera sí, sola nunca, tía

  1. Muy buen post! Claro que no estamos solos por estar solteros, aunque como bien decís haya todo un sistema social y cultural que nos quiera convencer de ello!

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