Un viaje criminal

“Agarrá las papas y vamos a comer afuera.”

Había sido un mal día. Si soy muy sincera, en realidad había sido un mal viaje. Semana y media lejos del hogar, rodeada de compañeros de secundaria con los que no me llevaba y profesores de deporte que no respetaba. Mi única función en esta fatal odisea era ser testigo, ‘apoyo moral’, de las jugadoras de hockey, protagonistas de la gira.

Tenía frío. Y hambre. Mis dedos estaban entumecidos y mis oídos aturdidos por los reclamos de las profesoras. Las no deportistas ‘ponganle onda’ al evento. Quédense afuera mirando el partido aunque llueva. Sientan la punzante agonía no solo de ser un fracaso sino además de no comprender lo que es pertenecer a un equipo. Cuando termine el partido, chicas, vuélvanse al micro y muéranse de hambre, mientras que las que sí nacieron con la coordinación básica como para entrar en el equipo de hockey vayan a comer langostinos al tercer tiempo. No les miento. Bienvenidos a mi gira escolar por el primer mundo, donde las exitosas comen langostinos y las perdedoras, aire.

Ah, querido primer mundo. Visitarte fue una experiencia de lo más constructiva: imponentes castillos, catedrales, museos por doquier. Las virtudes del continente europeo son innumerables y maravillosas. ¿Una pequeña crítica al viejo mundo? Los horarios de atención de los restaurantes son poco accesibles. Verdaderamente. Quizás me hubiese podido llevar mejores recuerdos de mi odisea si no hubiese tenido que sufrir el hambre luego de llegar de los partidos a las nueve de la noche sin haber probado más que el amargo sabor de la desilusión.

Aquella noche fue como cualquier otra: volvimos al hotel después del partido y con un grupo de bolasuaves (así nos llamábamos las incompetentes) fuimos al shopping de al lado a comprar comida. Nuevamente, todo estaba cerrado excepto un bar que solamente aceptaba mayores de edad (adivinen quién era una de las pocas que no poseía documento falso) y un local de comida rápida de dudosa higiene ubicado en un rincón del centro comercial. Era la única alternativa para las cinco perdedoras que además no podíamos entrar al bar, por lo que nos aventuramos dentro del local que de aquí en adelante pasaré a llamar el rincón roñoso.

El piso era de esos cuadriculados celeste y blanco, como para rememorar mi propia patria, y el sistema de pedidos era de esos que primero pagabas tu comida en una caja y después la retirabas del otro lado del local. El olor a aceite me invadió y automáticamente perdí el apetito. Me paré al final de una barra donde se entregaban los pedidos, dispuesta a llevar alguna de las cajas grasulientas de comida de mis cuatro acompañantes. Pidió una, pidieron dos, pidieron tres, pidieron cuatro, y mientras retiraban una a una sus pedidos, una cocinera depositó de repente una caja de papas fritas en frente a mí. Tal vez este era el hambre atrofiando mis sentidos, pero no se veían tan mal. Aunque efectivamente podía apreciar fácilmente las gotas de grasa chorreandoles por los costados, las papas estaban calentitas mientras yo me congelaba. Hacía tanto que no comía algo que no fuese un sandwich o una ensalada fría de supermercado…

Las otras chicas retiraron sus pedidos y me miraron. Yo las miré a ellas. Agarrá las papas y vamos a comer afuera, dijeron, así que yo respondí y obedecí.

Terminamos comiendo en el piso del shopping casi vacío abajo de las escaleras mecánicas. Encantador. El piso estaba tan frío que podría haber funcionado como un refrigerador. Las otras chicas se abrigaban abrazando con fervor sus hamburguesas y panchos calientes, mientras que yo solo tenía las papas que me habían pedido que lleve. Che, de quién son estas, puedo robar una, dije yo mientras procedí a agarrar como tres y comerlas sin esperar respuesta. Nadie me respondió. Miré a mis compañeras para encontrarme con sus miradas atónitas. Alguna tose.

– ¿No las pagaste vos?

– No, chicas. Yo no compré, les dije que no tenía hambre.

Silencio sepulcral.

-Pensamos que eran tuyas, nadie pagó eso.

Más silencio.

Me giré para mirar el rincón roñoso, donde los empleados charlaban sin saber que acababan de cometer un error. Solamente había comido algunas papas, podía devolverlas. Pero tenía frío. Y esas papas estaban hirviendo. Y tenía los dedos entumecidos y había sido un mal día. No, mentira, había sido un mal viaje.

Así que me convertí en una criminal.

 

 

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