El bautismo feminista

En sexto grado, tenía un compañero de clase que me caía particularmente mal. Interrumpía todo el tiempo, gritaba y criticaba abiertamente a los que le caíamos mal, les pasaba por encima a la mayoría de los profesores, se desubicaba reiteradamente, y, encima, olía mal.

Estábamos en una edad desagradable todos. Algunos compañeros ya habían empezado a desarrollarse de diferentes maneras: algunos cuerpos cambiaban, algunas personalidades comenzaban a variar, ciertas hormonas de repente comenzaron a enloquecer, y nadie estaba preparado para los cambios en la convivencia escolar que todas estas mutaciones biológicas estaban comenzando a producir. Bueno, me retracto. Mejor dicho, yo no estaba lista para esto. Me encontré a mí misma cada día más irritable y alejada de mis compañeros, con quienes nunca había tenido una mala relación. De repente, varios de ellos me empezaron a caer mal.

Félix, el compañero que protagoniza esta anécdota en cuestión, siempre fue una excepción. En su caso, no era que nos llevábamos bien y luego cambiamos, sino que él siempre tuvo el dudoso honor de caerme pésimo. Ese año en el cual todos empezamos a cambiar, mi tolerancia hacia él decreció importantemente hasta que, cierto fatídico día, en el medio de un intercambio acalorado con el niño en cuestión, le hice saber que me tenía harta. Ah, y de paso, que debería comprarse un desodorante pronto, porque tenía muy mal olor.

Está bien, mala mía. Verdaderamente, mala mía. Hoy, una década más tarde, pienso en lo incómodo que debe ser, en esa edad tan sensible, que te digan que irradiás un aroma a cebolla en frente de todos.

Igualmente, no sientan mucha pena por Félix, queridos lectores. El joven se vengó inmediatamente al informarme, como respuesta a mi polémica declaración, que su olor no era el tema de conversación de lujo en la clase. No, ese honor se le había concedido a otra cosa: el abundante vello que habitaba en mis piernas. Aparentemente, causaban tal furor entre mis compañeros que en vez de llamarme por mi nombre, se me conocía popularmente como “la peluda”.

Tenían un punto al llamarme así, dicho sea de paso. En el último año, el comienzo de mi desarrollo había sido marcado por el surgimiento de pelo abundante y oscuro en toda la superficie de mi cuerpo, pero muy especialmente mis brazos y piernas. Parecía un osito de peluche, aunque no uno particularmente tierno o atractivo. Este era un cambio que no había pasado desapercibido entre mis compañeros: es más, podría decirse que ellos le habían dado más importancia que yo.

Es cierto, queridos lectores. Hasta aquel inolvidable día en el cual Félix me informó de mi similitud a un Furby, yo no me había percatado de que era tan, pero tan peluda.

Llegué a casa y lloré toda la tarde, hasta que mi madre me pidió que parara y me sugirió incursionarme en el místico mundo de la depilación. Después de todo, la declaración de mi compañerito no le pareció ni rara ni dramática, sino cierta.

Lo que todo sexto grado se llevó de ese acontecimiento no fue que Félix era un maloliente, sino que yo era lanuda. Al sincerarse Félix, que era deportista, medio bully y querido/temido entre todos, el resto de mis compañeros vio la cancha libre para comenzar a recordarme con una frecuencia diaria que yo era, bueno, de extenso vello corporal. El secreto colectivo dejó de serlo y perduró por años, incluso cuando me depilaba con constancia. Félix, sus actitudes poco agradables, y su perfume aún menos tolerable, perduraron intactos, pero yo no. Mis pelos pasaron de ser una cuestión física de la que no me percataba a ser la causa principal de mi vergüenza y humillación. Tal vez fue mi propia culpa: quizás, esto era tan solo un castigo kármico por pelearme con Félix, el amado de los dioses de la popularidad. Cualquiera sea el caso, la cuestión es que yo comencé a cambiar. No quería hablar más en la clase. Antes de entrar al colegio me subía las medias hasta la rodilla para que no se vean mis pantorrillas, una práctica que perduró hasta que terminé el colegio y lo “canchero” era usar las medias bajas. No me sacaba el suéter del colegio para que no se vean mis brazos. Empecé a detestar con fuerza a todos mis compañeros. Peor aún, me empecé a detestar a mí misma.

Ese año comencé a mirarme al espejo con más atención, sólo para odiar todo lo que veía: las cejas pobladas y enruladas, el pelo abundante que se empezaba a ondular, esos dientes torcidos contenidos por los espantosos brackets, esas facciones desproporcionadas, ese cuerpito medio extraño que cambiaba de a porciones…

Me sentía impotente ante mi apariencia y me daba bronca saber que tenía que pasar por el dolor de la depilación si quería verme más normal y solucionar este tema. Todos los días veía los rulitos negros en los brazos de mi papá y el pelo escapar del escote de su remera y me preguntaba por qué nadie se burlaba de él.

Tanta meditación y autoexaminación eventualmente me condujeron a la decisión de animarme a pasar bajo el yugo de la cera caliente y depilarme. Según mis estimaciones, fui una de las primeras en la clase en hacerlo. Recuerdo la primera vez que visité a la depiladora. Me largué a llorar, y mamá me instó a que me lo banque: “esta es la vida de la mujer”, me dijo, y algo me empezó a hacer ruido.

De nuevo volví a pensar en los brazos peludos de papá, en el abundante pelo en su pecho. Pensé en Félix y cómo su olor no había afectado su reputación. Pensé en la injusticia de sentirme condenada por algo fuera de mi control, como tener pelos. Y algo en mí de repente hizo click.

La cera me sacó todos los pelos y salí de la depiladora una persona renovada. Por muchos años continué el proceso de depilación y de adaptación a ciertos estándares impuestos de afuera. Incluso comencé a depilarme, años más tarde, de manera definitiva, con láser. No fue que cambié mis percepciones sobre el rol de la mujer de un día para otro. Seguí y sigo perpetuando dobles estándares y prejuicios sobre cómo una mujer debe ser al seguir ciertos esquemas y reglas con las cuales no estoy de acuerdo solamente por presión social y el miedo al qué dirán. Pero algo cambió en aquel momento, o mejor dicho, algo comenzó a moverse sin que yo fuese muy consciente de esto: era el inicio de un proceso de descubrimiento de mí misma, de mi rol como persona, como mujer, del rol de todas las mujeres que viven en este mundo. Escuchar la frase de mamá marcó la primera vez que algo resonó conmigo de manera tan contundente, la primera vez que comencé a tener una intuición de que había algo que no estaba bien y debía cambiar pronto.

Hay muchos momentos de mi vida que han quedado grabados permanentemente en mi memoria, pero considero que la discusión con Félix y su consecuencia directa, mi depilación, son de los recuerdos que más me marcaron como persona. Ciertamente desencadenaron muchas actitudes negativas hacia mí y hacia muchos otros terceros. Pero de eso algo bueno también surgió: sin que yo lo supiese, el baño en cera caliente me había dejado una cicatriz profunda y eterna. Fue mi bautismo feminista.

¡Gracias a Mariana Barreto por la hermosísima foto! Podés ver más fotos suyas en Flickr y en Facebook.

 

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