La gordita que lloraba en el shopping

Hace unas semanas entré a un local de ropa infantil a comprar un regalo para mi sobrino y al lado de los probadores me encontré a una nena de más o menos 7 años llorando. Cuando me acerqué a donde estaba descubrí que la razón de su tristeza era que no le entraban los jeans de una marca en particular que usaban sus compañeritas.

No pude evitar sentirme identificada con esa nena. Toda mi vida fui “gordita”. No tengo recuerdos de mi misma con otro cuerpo que no sea así. A lo largo de mi vida me llamaron de muchas formas: gordita,  grande, robusta, fea, de huesos grandes, musculosa y una gran serie de sustantivos ingeniosos para referirse a algo que les causaba desagrado. Este último es el elemento que cuando era una niña tanto me costó aceptar. ¿Por qué necesariamente gordo equivale a feo, a malo? ¿Por qué soy yo la que estoy mal, cuando yo soy así? Con el tiempo, como todos, comprendí un poco más a la sociedad y más o menos de dónde proviene esa idea. Pero a esa edad, ¿Qué iba a entender?

Cuando llegué del shopping a mi casa me puse a recordar mi infancia. Desde que comencé el jardín ya era la más alta de la fila. En su momento me parecía buenísimo ser más grande que los demás, mi cabecita infantil no tenía ningún problema con el cuerpo que tenía. Cuando llegué al colegio fue que comenzaron mis problemas. Primero empezaron los nombres y apodos. Parecía ser que la gorda de la clase era el foco de las burlas de todos. Insultos que, irónicamente eran iniciados siempre de la mano del nene más gordo. Algunos de los pasatiempos de los nenes en el recreo eran golpearme, insultarme, hacerme enojar hasta que los persiguiera y hacerme correr hasta el cansancio, según ellos para ayudarme y quizás así hacerme adelgazar un poquito. Rápidamente pasé a odiar ir a la escuela. A veces me pregunto dónde estaban los profesores en ese momento, pero después lo recuerdo muy bien y eso me lleva al segundo foco de tormento de mis años escolares: las clases de gimnasia.

Mi profesora de gimnasia en la primaria era una mujer dura. No te permitía excusas. Si ella decía que había que darle tantas vueltas al gimnasio, vos las dabas. Cualquier cosa antes de ver su enojo y sentir sus castigos que consistían en abdominales y flexiones de brazo infinitas. Sin embargo, este tratamiento era sólo para los hombres y para mí. Con la mayoría de las nenas era flexible: entendía cuando no podían dar una vuelta más o seguir haciendo abdominales o no les salía alguna de esas ridículas acrobacias que nunca pude hacer. Estas últimas fueron mi condena en gimnasia: la medialuna, la vertical y saltar las vallas.  

Fracasé miserablemente en gimnasia porque simplemente no podía. Pero para mi profesora “simplemente no poder” no era una excusa. Yo no era como los otros que zafaban cuando se cansaban. En mi caso si paraba, se debía a mi peso, a que era una vaga, a que no podía hacer ejercicio de lo gorda que estaba. Ella me decía todo eso en la cara y yo tenía solo 7 años. Esas cosas dolían y hasta el día de hoy lo hacen.

Fuera de la escuela recuerdo la ropa. Me recuerdo llorando, de la misma forma que la nena que me encontré en el local porque, como ella, no podía comprarme la ropa que usaban mis compañeras. Las vendedoras me decían en la cara que no, que ropa para las chicas como yo no tenían. Ante estas situaciones se me caían las lágrimas, y mi mamá desesperada se ponía a coser hasta el cansancio, tratando de imitar lo más posible las modas para que yo no sea diferente y me sienta como una niña más. Para que su hijita se sienta feliz con su cuerpo y bien consigo misma.

Conforme crecí las cosas se pusieron peores, pero fui aprendiendo. Ahora entiendo que la vida no es solo el cuerpo que tenés, que hay gente que te va a discriminar, seas como seas. Que gran parte de las industrias como la de la moda marcan un rango de normalidad falso y etcétera etcétera.

Pero les pido que volvamos a la cabeza de la nena llorando en el local. No hay nada más feo para cualquier persona (y más un nene/a de esa edad) que no sentirse aceptado y creer que es culpa suya por tener una forma o un tamaño considerado feo, anormal. Y quizás, sin darnos cuenta, desde la industria que establece los talles hasta los medios, los profesores, los vendedores de ropa  y por qué no, yo misma, alimentamos este sistema. Sé que es un sueño imposible cambiar a la sociedad de un día para el otro, pero tal vez sí sea posible hacerle entender a ese nene o nena que llora que no es malo ni feo ser como son. ¿Cómo? Queriéndolos, para que se quieran así como son: lindos.

 

 

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