Héroes que caen: sobre padres imperfectos

A todos nos contaron la misma historia: cuando una mamá y un papá se quieren mucho mucho mucho, germinan juntos una semilla de amor que, eventualmente, se convierte en un hijo. Más allá de las particularidades de cada pareja, el núcleo de esta historia será siempre el mismo: dos personas que se unen, aunque sea temporariamente, y gestan una nueva vida, buscada o no.

La llegada de un niño nuevo a este mundo inevitablemente cambia vidas y modifica la estructura interna de la familia que lo recibe. Este bebé algún día será un adulto que deberá responsabilizarse por sus acciones y su personalidad, pero en el inicio de su vida, su suerte no se define por él, sino por las acciones de otros, e, incluso, por el mero azar. De esta manera, esta pequeña persona, en sus primeros años, no posee ni voz ni voto sobre varias situaciones que lo afectarán por el resto de su existencia, como su nombre, su familia, su vivienda, su composición genética, etc.

Es difícil ser hijo. Ser hijo implica pasar la primera mitad de la vida viviendo bajo las órdenes y los mandatos de una familia que no se ha seleccionado, bajo circunstancias sociales, económicas y culturales que uno no ha elegido. Desde el momento que nacemos, comenzamos a absorber los prejuicios y las manías de nuestros predecesores. Con el paso de los años pasamos a vincularnos con profesores, familiares y vecinos que nos limitan a través de mandatos sociales quizás innecesarios, con personas que nos quieren imponer los mismos esquemas, muchas veces rígidos y agobiantes, con los que ellos han crecido. Ser hijo implica muy seguido ser educado por personas e instituciones que a veces, quizás sin maldad, terminan ahogando nuestra libertad y creatividad sin que podamos luchar contra ellos. En muchas ocasiones, implica vivir a merced de personas falibles cuyo único mérito, efectivamente, es el de haber nacido antes que uno. Es difícil ser hijo.

Pero también es difícil ser padre. La llegada de una persona a este mundo obliga, en la mayoría de los casos, a los padres a enfrentarse con la difícil tarea de criar una persona para que sea buena e íntegra sabiendo que se cometerán errores, y que sus prejuicios y concepciones del mundo marcarán a fuego la vida de este niño. Estas son personas que probablemente hayan sufrido en la vida, que tengan sus defectos y sus virtudes y su forma particular de ver el mundo, individuos que también han tenido padres que han errado y que los han marcado, seres que se equivocan, que se siguen buscando a sí mismos, que solamente quieren hacer lo mejor que pueden.

Entiendo que cada familia es un mundo, y que cada hijo y cada padre tienen una historia particular, ya sea buena o mala. Entiendo que hay casos de todo tipo y hay padres que han herido a sus hijos e hijos que han herido a sus padres. Pero, más allá de las particularidades de cada núcleo familiar, y hablando ya de mi caso personal, creo que, como hija, a veces cometo la irresponsabilidad de guardar rencores contra mis padres y olvidar su faceta más humana.

Durante mi infancia, mis padres eran como superhéroes. Tuve la suerte de tener dos papás amorosos y atentos que me dieron todo lo que podría querer en esta vida y más. Quizás fue por eso que fue tan duro caer, durante la adolescencia tardía, en la realización de que ninguno de los dos es perfecto. Esta etapa, que en mi cabeza yo llamo “El desencanto”, es común en muchos jóvenes y adolescentes, y en mi caso, suscitó una sucesión de reclamos y resentimientos que, en muchos casos, reconozco que debo aprender a soltar en mi camino hacia la adultez. Tal vez, se me ocurre, en esto consiste crecer: en poder dejar ir los prejuicios de los que me precedieron y los rencores por los errores que se hayan cometido en mi crianza para comenzar a aceptar lo bueno y cambiar lo malo, es decir, hacerme cargo de la persona que soy hoy.

Por supuesto, resulta más fácil escribirlo que hacerlo. Como todos los hijos, a veces resulta más sencillo decir que tengo este o aquel defecto por haber sido criada de una cierta manera, pero estoy comenzando a entender que recurrir a ese mecanismo no solo es irresponsable y no me permite crecer, sino que además priva a mis padres de algo que también les pertenece: la capacidad de levantarse luego de cometer un error.

Por supuesto que mis padres no son perfectos. Yo tampoco lo soy, y si algún día tengo hijos seguramente cometeré mi cuota de errores. Es duro ser hijo y comenzar a ser consciente de que uno ha sido criado de manera imperfecta. Resulta entendible que a veces eso genere cierta cuota de rencor. No obstante, en mi opinión, crecer está en trascender ese rencor, en identificarlo como un contaminante en la relación filial, y en hacer el esfuerzo por conocer mejor a quienes nos criaron. ¿Cuántas veces nos ponemos a pensar qué pasa por la mente de nuestros padres? ¿Hasta qué punto sabemos quiénes son las personas que tenemos en frente nuestro todos los días? Supongo que, al menos en mi caso, resulta más sencillo proyectar sobre un otro mis miedos y mis limitaciones. Es más fácil para mí recortar la realidad para ver lo que quiero ver, para ponerme en posición de víctima, darme el lujo de dramatizar y decir que la culpa de todo lo que hago mal la tienen “ellos”, que no me dejan crecer.

Hacer un esfuerzo para ponerme en el lugar de mis papás no los exime de sus vicios y fallas, que tienen como todo ser humano, pero sí quizás me permite empezar a verlos de una manera diferente. Las fallas de nuestros padres a veces nos desilusionan, pero si hacemos el esfuerzo de verlas como un componente más en la compleja red de sentimientos y características que los hacen personas únicas, la imperfección los convierte en seres fascinantes y accesibles. La imperfección es lo que nos hace humanos, y a veces, como hijos, nos limitamos a pensar que esa humanidad solamente nos pertenece a nosotros. Aceptar el desafío de devolvérsela a mamá y papá y aceptarlos a ellos también como personas que pueden tropezar no es una tarea fácil. Sin embargo, me tomo el atrevimiento de compartir una intuición: que debe ser, en cierta manera, algo liberador.

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