Entre aquí y allá: cuando nos vamos de casa

Es automático. Aterrizas en el nuevo espacio y la primera bocanada de aire entra en tus pulmones llenándote de vida distinta. Un poco de sorpresa, confusión. Entre despierto y perplejo, comienzas a sentir la sensación inexplicable que despierta lo desconocido.

El aire se siente más cargado, no solo de hollín y de una mezcla de olores (algluji 3unos buenos y otros no tanto) sino también de energía. Sientes en él movimiento constante, acción emergiendo y disolviéndose. Personas, personas, personas transformando con cada movimiento, determinados en un camino por el que a simple vista desfila una sumatoria de individuos, fluyendo uno tras otro (a veces recuerdan a las hormigas). Por donde mires, hay gente sumergida en este efecto.

Tardas unos minutos en acostumbrarte: a los sonidos (el bullicio, buen amigo, siempre presente), a las nuevas tonadas, a las coordenadas geográficas. Pero hay algo más. También sientes que algo dentro se acomoda. Espectador, avanzas un paso a la vez mientras las partes de tu cuerpo se preguntan dónde están y qué hace cada una en este nuevo mundo. Y una parte de vos, la que queda al costado izquierdo de tu pecho, esa que se despierta ocasionalmente, te recuerda su presencia con un retorcijón muy distinto a los que alguna vez has sentido.

Ahí está. Eso de lo que todos hablan: el desarraigo. Lo que habrás escuchado o leído antes, relato tomado de la boca de otro en algunos poemas y canciones. Aquel pesar que sólo conoce el desplazado, sin importar la distancia que recorre.

Sientes que en el corazón todo se mueve hacia un costado y da lugar a este sentir inexplorado que te desorienta, te hace enojar y te entristece, todo a la vez y con la misma intensidad. También tiene la fuerza de trasladarte fuera de estos espacios porque cuando menos crees, un olorcito, una cara parecida a alguien, un rayito de sol entre los días nublados que justo entibia el ambiente con gustito a luz… despierta al corazón y, por un momento, casi un instante, te transporta en el tiempo y el espacio hacia ese lugar que tanto extrañas.

Dicen los que han vivido más que con el tiempo, dejando pasar soles y lunas, las cosas cambian. Las piezas dentro de uno dejan de reacomodarse al volver del pago, y las distancias se hacen más cortas. Con el tiempo, dicen que dejamos el “aquí y allá” para volver a ser uno. Nuevas piezas hacen de puentes para unir lo viejo con lo nuevo, las añoranzas con la nueva realidad: amigos, trabajo/estudio, quizás hasta nueva familia.

Así es el relato. La identidad y el alma se parten en el momento de ir a vivir en otro lugar. Mareados, caminan juntos como en el momento del arribo (un paso a la vez).

Y aunque los porrazos del andar duelan, aunque a veces nos cueste sentirnos traductores dentro del mismo idioma, no renunciamos ni negamos el origen. Conservamos lo previo (dejamos “lo puesto” que teníamos cuando nos fuimos) y agregamos más y más a la suma de las experiencias que hace a nuestra identidad. Entre los “idos” compartimos esa cosita, ese je ne sais pas, whatever o “como usté’ prefiera, doñita”, un pedacito de nosotros distinto de los demás que va buscando su espacio en el nuevo espacio.

El deseo es expandirnos y crecer. Poner bajo llave lo esencial, dejar ir el resto en un largo suspiro y seguir.

¡Mil gracias a Gustavo Ruiz por la ilustración y José Roldan por la foto!

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