Reseñas emotivas: números que narran

No me gustan los números.

Siempre fui una chica de palabras. Con ellas nos entendemos, nos conocemos. ¿Cómo no querer a las palabras, las benditas palabras que fluyen a través de mí todo el tiempo? Si éstas representan el agua bendita que me otorga energía y creatividad y pureza, los números serían el equivalente del crepitante fuego del infierno. Intentar resolver un problema matemático me enfrenta ineludiblemente ante mis peores defectos. Como un espejo con luz fluorescente, los malvados números reflejan cada mínima imperfección y me recuerdan lo que siempre quiero ignorar. Que soy lenta, que soy despistada, que soy desorganizada, que me cuesta conectar ciertos conceptos. Que hay cosas que no me salen. Que estoy más fallada de lo que me gustaría aceptar.

Odiar los números es para mí igual de natural que respirar. Es que es fácil. Entiendo que la matemática es el lenguaje que configura el universo y a través del cual podemos descubrir los secretos más apasionantes del mundo en el cual vivimos. Sé que la tecnología, la ciencia y la ingeniería son lo que hace que avancemos hacia un futuro con mayor calidad de vida. Comprendo. Pero las palabras, las palabras, ellas son la llave del universo infinito del hombre, de ese territorio inabarcable y misterioso que somos nosotros mismos, nosotros que llevamos todo el potencial para amar y destruir adentro, nosotros que estamos hace tan poquito y somos tan chiquitos y sin embargo tenemos tanto adentro.

He aquí el tema: yo siempre supe que las palabras podían salvar el mundo. Mi corta vida me lo comprueba. Nada une a las personas como lo hace una buena historia. Nada. No me voy a cansar jamás de decirlo. El que no me cree, que vaya y lo compruebe. Que comparta con alguien que apenas conoce y que descubra con asombro que ese que hace unos minutos era un extraño de repente se convierte en un amigo. Que vea como alguien que ni siquiera conoce reaccione ante su sinceridad con un amor, una comprensión y una empatía inimaginables. La historia es lo que nos hace humanos. No tengo duda de eso. Es en ese compartir donde nos encontramos con la esencia del otro y de uno mismo, y eso genera una marca que luego resulta muy difícil de borrar.

Las imágenes también pueden contar historias, todos lo sabemos. En mi cabeza siempre me las imagino como cajas fuertes que encierran miles y miles de oraciones listas para ser compartidas cuando se interpretan.  Por eso aprendí a abrazarlas, a entenderlas, a quererlas como uno puede querer a una tía, o una vecina cercana. ¿Pero los números? Jamás. Les repito una vez más, no me malinterpreten: yo sé que los números sirven. Pero, vieron, yo soy de las que hablan de salvar el mundo de manera espiritual, yo soy de las que creen que con un poquito más de amor todo se soluciona, yo soy de las que creen que no son los números sino las historias las que proporcionan ese amor y esa empatía que nos faltan a todos. Yo vivo con mi cabeza en las nubes. Mi jurisdicción no está en la tierra. O al menos, si está en la tierra, definitivamente no está ni un poquito cerca de los números. Esos números fríos que sólo anuncian con gelidez, sólo acusan con maldad, sólo apuntan sin siquiera abrazar.

O al menos, eso creía.

Un sábado cualquiera Claudia Andujar llegó a mi vida con su serie fotográfica Marcados y me dejó, válgame la redundancia, marcada.

Marcados empieza con dos historias de palabras: la de la joven Claudia y su amante perdido en el Holocausto y la de la no-tan-joven Claudia colaborando con la campaña de vacunación de la tribu de los Yanomami. Como evidencia de la veracidad de estos hechos, están las fotos que ha tomado nuestra artista amiga. Ahora, ¿cuál es el puente que une a una con la otra? (platillos, por favor) Sí, chicos, los números.

Números colgados en los cuellos de los presos en los campos de concentración. Números colgados en los cuellos de los Yanomami esperando su turno para ser vacunados. Números que condenan. Números que salvan. Números que unen. Números, entonces, que cuentan historias.

De repente aquella relación distante, aquel “respeto pero no comparto que siempre expresé cuando me refería a los números quedó vacío de sentido.

No puedo desarrollar conclusiones más sofisticadas de la muestra de Andujar que este texto tal vez confuso que estoy intentando componer aquí. Siempre pasa eso con las cosas que te sacuden un poco. Diría que falta cicatrizar, pero si soy sincera no sé si ese proceso efectivo se va a suceder. Entre mis reflexiones preliminares (que tal vez sean lo único que pueda ofrecerles sobre este cambio de perspectiva), esto es lo que les puedo decir: si el sistema numeral tiene el potencial de contar historias tan conmovedoras como el abecedario, toda la soberbia que me acompañó en mi corta vida sobre la superioridad de la escritura ha de desvanecerse. Sin embargo, de la misma manera, si los roles de estos lenguajes (porque al final números, palabras, imágenes, son eso, lenguajes) son intercambiables, entonces quienes pregonan por la mayor utilidad de los números van a tener que revisar sus panoramas de la misma manera que yo lo hago ahora. Estamos acostumbrados a encerrar las letras en el campo del arte y los números en el campo de la ciencia como si no fuesen hermanos, a enfrentarlos en un campo de batalla cuando ambos, en equipo, nos pueden dar una respuesta más integral a todas las preguntas que nos atraviesan en esta vida.

Una pena que haya tardado 21 años en llegar, tentativamente y medio a los bifes, a esta idea.

“Marcados” de Claudia Andujar está en el MALBA (Av. Figueroa Alcorta 3415, MALBA) hasta el 31 de julio. Para más información visitá la página de MALBA¡No te lo pierdas!

 

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