Vos mirá para adelante

Lo primero fueron los silbidos. Específicamente, lo primero fue el fiu fiu. Vos sabés de qué estoy hablando. El fiu fiu que siempre le ponían a las vedettes curvilíneas que aparecían bailando con plumas en el programa de Tinelli, el fiu fiu de las protagonistas de piernas torneadas de películas de Hollywood, el fiu fiu que tus tíos le hacen a mamá cuando está toda arreglada, o a tu hermana grande cuando está toda arreglada. Pero nunca a vos. El fiu fiu que no te pertenece, o que pensabas que no te pertenecía hasta que un día pasó flotando alrededor tuyo y vos que no estás ni toda arreglada ni sos estrella de Hollywood ni curvilínea ni vedette ni nada de repente te girás en confusión, en toda tu gloria de doce años y flequillo despeinado y brazos demasiado largos y pensás ¿qué?

Y así como entró en tu vida sin permiso, el fiu fiu decidió instalarse sin preguntarte. No es necesario que hagas mucho. Con pisar afuera de casa ya casi que estas. Es cierto, hay días que no viene, pero hay muchos otros en los que sí. No importa si estás caminando sola o con mamá, en shorts o en pantalones, el atrevido aparece cuando quiere, da unas vueltas por tus orejas y se va antes de que le veas bien la cara. Vos te quedás ahí, un poco perpleja, asustada, pero más que nada incómoda. ¿Qué necesidad hay de hacer ese ruido espantoso? ¿Qué le cambia a una persona el hacérselo a otra que ni siquiera conoce? Comenzás a pensar que el fiu fiu que de chiquita escuchabas sonar como un cumplido tal vez no tiene nada de cumplido, y que de la misma manera que te molesta a vos le molesta a las chicas de la tele, del cine, de la vida cotidiana.

Hay más cosas además del fiu fiu. Es una experiencia multisensorial: a veces se escuchan besitos, bocinas o frases ininteligibles, mientras que en otras ocasiones se pueden oír oraciones unimembres o bimembres, o tal vez textos descriptivos sobre alguna parte en particular de tu cuerpo, ni hablar de las propuestas sexuales, las invitaciones al intercambio de fluidos. Lo que empezó con el fiu fiu se extendió en todo un universo creativo de expresión. De repente ese mero sonido que invadía tu espacio cumple su función en rimas, en refranes y en insultos pero también en gestos, en acciones, en miradas.

Y un día todo explota. Estás caminando por la calle y un auto para adelante tuyo. Su chofer se baja del auto y se te acerca, invitándote a subir, así que vos corrés para el otro lado. Un sujeto te sigue por cuadras, gritándote groserías. Otro te insulta, te escupe, te toca, se toca a sí mismo. Te sentís violentada. Las lágrimas se mezclan con la impotencia porque no sabés qué hacer ni cómo manejar esta situación. Llegás a casa y algunos se ríen, bueno, es que sos linda y a los chicos le gustás, qué vas a hacer. Y, sí, nena, vos también con esas calzas engominadas. Los hombres son así, no se pueden controlar, ladran pero no muerden. Y, piba, peor sería que no te digan nada, che. Para mí que en el fondo un poquito te gusta que te den toda esa atención.

Así que no decís nada. Alrededor todos te quieren convencer de que esta agresión, este acoso, este fiu fiu, es un cumplido, algo inocente. Así que aprendés a no sentir nada cuando te lo cruzás por la calle. Aprendés a mirar para adelante y a evitar las esquinas donde hay muchos hombres reunidos. Aprendés a caminar rápido y a no hacer contacto visual con nadie. Aprendés a tener el celular y las llaves siempre bien cerca a mano, no sea que te pase algo y no estés preparada. Aprendés a desconfiar. A pensar que estás siempre sola.

Pero, ¿sabés qué? Te mintieron. Nos mintieron a todas. Porque resulta que no estás sola. Que somos muchas las que queremos terminar con el acoso. Que somos muchas las que queremos solamente caminar en paz. Que somos muchas las que nos incomodamos cuando nos faltan el respeto, cuando nos reducen a algo menos que humano. Que somos muchas, desafortunadamente, las que de chiquitas consumimos el mensaje de que está bien que nos traten como cosa, y que también somos muchas, afortunadamente, las que sabemos que, más allá de lo que nos digan nuestros conocidos, o las revistas, o Tinelli, no nos gusta ser cosas, no nos sentimos halagadas, no nos parece un hecho inevitable. Que somos muchas, muchísimas, las que sabemos que el acoso no tiene nada que ver con nosotras, con lo que tenemos puesto, con lo que hacemos, sino que tiene que ver con el que agrede, con el que quiere imponer su poder, con el que piensa que tiene derecho sobre el cuerpo de otra persona.

Así que vos, vos que caminás por la calle, valiente y bonita, vos que todos los días por el simple hecho de existir ya estás luchando por tus derechos, a vos te digo, vos mirá para adelante. Tal vez de una no se va a ir el acoso callejero, no se van a ir todas las expresiones de machismo que vivimos y de las que a veces cuesta tanto hablar, pero sabé que no estás sola. Que somos muchas las que queremos concientizar para cambiar la sociedad patriarcal en la que vivimos, que somos muchas las que queremos criar hijos que respeten a las mujeres, que somos muchas las que compartimos tus miedos y tus angustias pero también tus esperanzas de conseguir un mundo más igualitario. Así que vos seguí caminando con valentía, y vos mirá para adelante, hacia ese futuro que queremos construir, que somos muchas, que cada día somos más, y que un día de estos vamos a ser tantas, pero tantas, que no nos van a poder parar.

¡Gracias a Melanie Guil por la gran foto! Podés mirar más de su trabajo en su página webFacebook e Instagram

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