Política es una mala palabra

“De religión, fútbol y política no se habla”.  Esta es la regla que históricamente ha servido para poner paños fríos a lo que debería ser un cálido almuerzo familiar, o para evitar que alguien se levante enojado de la mesa del café. También salva a muchos de EL momento denso del día en el que una persona de repente se transforma en un fanático, critica a otros fanáticos, hace futurología e imagina cómo todo estaría mejor si fuese ella la que toma las decisiones. Mientras, el que está aburrido reconoce cuán útil es hablar de todo eso para lidiar con el estrés de la ciudad y los problemas de todos los días, claro.

“No me interesa, si a mí no me afecta en nada…”, “hay cosas más importantes y urgentes que hacer”, “si todo sigue igual…”, “solo es un nido de ratas que se roban todo, no les importa la gente…”. ¿Quién no lo dijo alguna vez? ¡A mí de política no me hables!  

La realidad es que para muchos política es literalmente una mala palabra. No les interesa, están  cansados del tema o simplemente eligen delegar la responsabilidad de decidir sobre eso a otros. Después de todo, se supone que para eso elegimos y les pagamos a los funcionarios que votamos. Es la famosa apatía política que le quema las pestañas a los analistas desde hace años. ¿Faltan espacios de participación? ¿tiempo? ¿más transparencia? ¿Qué es lo que hace pensar a la gente: “no, ni ganas, mejor no me meto”?

La complejidad y la contradicción del mundo político no ayudan demasiado. La política es conflicto, poder, dominación. Si eso se usa para el bien o para el mal depende de las personas y de las instituciones. Y si para nosotros algo es bueno o malo puede variar según nuestra historia, ideología y el contexto. Los medios muestran estas contradicciones: hablan de corrupción y desempleo, pero también de mejoras en salud y educación. Desentrañan el clientelismo y muestran campañas de gobierno contra la desnutrición. En los medios, como en la vida en general la política es mala y buena a la vez. Se muestra como poder y dominación en el mal sentido, usados solo para el mal y beneficio personal de unos pocos. Pero también como toma de decisiones y servicio público  que buscan el bienestar general de la población.  

Si la política es mala palabra, es lógico que aleje a la gente. Hace unos días saliendo del subte aparecí en el medio de una manifestación. Fue como entrar a Narnia pero un poco menos emocionante. Por las calles marchaban militantes que entonaban con convicción las canciones del movimiento,  y flameaban banderas de partidos políticos y sindicatos en reclamo de algo que consideraban injusto. Qué era ese algo no importa, lo importante es que al lado de ellos también caminaban ciudadanos “comunes” que pedían algo más: que los militantes se fueran. Sí, según ellos no querían a la política en el medio. Eso era una protesta de la ciudadanía, ellos no tenían representantes y eso los llenaba de orgullo.     

Esto no es apatía en sentido estricto, suena más a hartazgo y a decepción por la política tradicional. Alguien indiferente no sale a la calle a reclamar, ni siquiera se queja. Cuando criticamos decisiones políticas estamos reconociendo que importan, y admitámoslo, todos nos quejamos alguna vez. Por los precios, la inseguridad, el tren que no funciona o el sueldo que nos pagan a fin de mes.  Detrás de eso hay decisiones políticas y pujas de poder que nos afectan a todos. Y hay un grupo de personas que reclama porque sabe que la política también tiene la capacidad de resolver problemas.   

Entonces, ¿realmente es lógico que lo malo de la política nos aleje? La política también es poder y dominación en el buen sentido, como herramienta transformadora de la realidad en busca de mejoras. Es vocación de servicio, conciencia social y convicciones. Sí, es toma de decisiones difíciles que no siempre convencen a todos, pero también es vacunas y niños en las escuelas. Hay grupos que luchan por el poder, pero también funcionarios que diseñan legislación y políticas públicas que nos hacen bien a todos. ¿Cuál es nuestro rol como ciudadanos? participar para controlar y mejorar esas acciones. Criticar y protestar, debatir y trabajar por un país mejor. Ser parte una discusión colectiva, inclusiva e igualitaria sobre temas que nos involucran a todos. En los medios digitales, en la universidad, el trabajo y en casa. Porque la política no siempre es mala, también puede ser una buena palabra después de todo.

 

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