La realidad es siempre muy pobre

Fui al cine el otro día, al Gaumont, que queda cerca de Congreso, y después de pagar poco y nada -dos entradas- me senté en un asiento incómodo, al lado de dos viejos que seguramente olían a viejo, aunque yo no podía olerlos porque mi alergia me tapa la nariz y, entonces, tengo que imaginármelo todo, eso es molesto, ¿de cuánto me estoy perdiendo? Digo, o mejor dicho, venía diciendo, que me senté con Emilia, pese a los viejos, y que miramos un ciclo de cortos, que en realidad ya se había estrenado en el BAFICI, pero que no alcanzamos a ver en abril. El ciclo, el que vimos, pochoclos en mano, se llama Historias Breves, son casi ocho películas, promocionadas por el INCAA, algunas mejores que otras.

La primera es sobre dos guaraníes en Misiones. La mejor -en algún lugar del medio, pasando la media hora- es sobre una nena que descubre su sexualidad. Y la última es una fiesta de luces y sombras dentro de un camión hidrante en pleno 2001. Sin embargo, lo que más interesa del ciclo, es justamente su cualidad de ser un ciclo, un conjunto de cosas. En Historias Breves hay una clara dificultad: no se puede, o no se quiere, narrar la actualidad. Más de tres cortometrajes suceden en el campo o en un pueblo y tienen un aire cortazariano, costumbrista que no puedo terminar de explicarme ¿Qué nos pasa que no podemos hablar de lo que nos pasa?, ¿por qué nos vamos al campo a filmar y no nos metemos de lleno en los chatrooms, en rubias19.com, en la ciudad de Horacio Rodríguez Larreta? Es como si lo urbano fuera un espacio parcialmente prohibido y lo actual siempre se describiera con incomodidad, como algo extraño.

Está bueno hacer de cuenta que uno sabe de lo que habla. Pero este no es el punto.

El punto es que antes de salir del Gaumont y más tarde, a la noche, cuando hacía frío y me abrazaba a Emilia, cruzando la avenida, pensé: ¿por qué no hacer una recomendación?, ¿por qué no decir algo que valga de verdad la pena? No una ficción, porque la ficción es solo una forma de ocupar el tiempo, propio y ajeno, una especie de apología de lo inútil o, a lo sumo, del lenguaje. Una recomendación, pensé y pienso, es por ahí mejor que un cuento, porque la realidad es siempre muy pobre y es divertido relatarla como si fuera interesante.

Ni siquiera una reseña, solamente una salida posible, algo imaginado para otros amigos, otras parejas, que quieran jugar a los intelectuales o a los hipsters o a los raros. Porque el Gaumont e Historias Breves son, al menos desde una perspectiva general, cosas alternativas ¿Alternativas a qué? Bueno, a lo mainstream, al Cinemark, a las películas de superhéroes que se multiplican como conejos en las pantallas. Está de moda todo esto, por ahí no en las zonas cool del norte de Buenos Aires, pero sí en la ciudad donde hace rato el feudalismo se terminó y la regla es el disfraz, el anonimato, el ridículo.

En ese sentido, este artículo puede ser leído como la página de un folleto escrito por un tipo cansado de la cultura y sin embargo inserto en ella ¿Te hace mejor persona ver Historias Breves en vez de Capitán América?, si es así, ¿cuánto mejor te hace? Algunas preguntas que podrían estar adentro del folleto. No sé. Lo que importa es que uno siempre termina pensando la identidad en términos de mejor o peor. Es curioso: en el fondo todos pensamos que lo que hacemos, hasta lo más simple, como comerse una terrible big mac o tomarse la vida en Jet o mojar las oreos en leche, nos constituye como personas. La cuestión, entonces, es si eso que hacemos, cada detalle, nos diferencia, nos hace mejores, más especiales. Hay una urgencia por afirmar la individualidad y desclasificarse, por sobre todo en las ciudades. Parafraseando a Schwob, la personalidad es el universo de lo particular, lo contrario a las ideas generales. Los culturosos saben eso y buscan su forma de ser en un arte supuesto, sectario, intentando separarse del resto. Son elitistas, aunque leen poco y dicen que les preocupa el pueblo: les importa más la imagen, el discurso del intelectual, que cualquier otra cosa.

Mientras abrazaba a Emilia y pisaba una baldosa negra y redescubría lo lamentable de toda esta situación, razoné que recomendar es invariablemente vender un estilo de vida, una forma de concebir lo que nos rodea. No es algo gratuito, sin consecuencias. También es, de algún modo, una afirmación de la personalidad. Asumir esa responsabilidad es difícil. Pero la asumo y les digo que vayan a ver Historias Breves, es un buen ciclo y, para los que quieran ser raros, intelectualosos, aprovechen, porque además es una oportunidad de construir estética. Y, en el peor de los casos, al menos es entretenido.

Claro que, después de ir al cine, al lado de unos viejos, nada va a cambiar. No demasiado. Y la diferencia con el resto se achica, en la medida que todos buscamos diferenciarnos. La realidad es siempre muy pobre. Yo también. Cualquier cosa que se escriba es, en definitiva, un chiste largo. Pero besé a Emilia en una esquina, como si a ella sí me la tomara en serio.

Juan Agustín Otero

Blog: undragondekomodo.wordpress.com

¡Gracias a Mariana Barreto por la foto! Podés ver más fotos suyas en Flickr y Facebook.

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