Y vos, ¿qué vas a hacer?

Llega un momento en la vida de todo joven que estudia una carrera universitaria en el cual desde afuera, algún familiar o conocido le pregunta, “che, ¿y vos, qué vas a hacer de tu vida?”

Tiembla el mundo y las piernas y hasta el dedo índice del pie derecho ante semejante pregunta. Que te pregunten qué vas a hacer de tu vida te da la pauta de que ya no sos más ese niño feliz que podía postergar preguntas complicadas sobre el futuro así como postergamos ordenar el cajón donde guardamos las medias. Es la misma lógica para cualquiera de estos casos, ¿o no? En tu cabeza sabés que sería muy útil para vos acomodar ese cajón de porquería. Te ahorrarías el laburito de tener que aplastar todas las medias hacia abajo cada vez que querés cerrarlo. Sin embargo, no lo hacés. No ordenás nada. Siempre decís que lo vas a hacer, cuando termines de rendir, cuando termines de estudiar, cuando tengas tiempo libre, cuando te pinte. Pero resulta que nunca te pinta, porque cuando terminaste de estudiar y terminaste de rendir preferís fumarte todos los capítulos perdidos de House of Cards en Netflix antes que tomarte el trabajo de separar los soquetes agujereados de las medias largas amarillas que te regaló tu tía Gladys la navidad pasada.

Y es lo mismo con ese temilla del futuro, ¿o no?. Cuando empezaste a estudiar lo veías tan lejano, tan difuso, tan vago, que era muy fácil descartarlo. Ahora no es momento de preocuparse por la vida profesional, decías. Ahora hay que disfrutar la carrera y esperar hasta que tus intereses te guíen como una brújula interna hacia tu verdadera pasión, hacia tu nicho. Pero resulta que un día de esos abrís los ojos y te das cuenta que aunque tu nicho todavía sigue desaparecido, ese futuro otrora tan lejano hoy está en frente de tu cara, saludándote con una sonrisa burlona y preguntándote, “y vos, ¿qué vas a hacer de tu vida?”.

Es una pregunta verdaderamente trágica, porque te inserta de lleno en el temido mundo de los grandes, donde según la información que recopilaste, todo es una porquería. Las experiencias y las conversaciones de tus familiares y conocidos te enseñaron la cruda verdad: las ocupaciones de los adultos serios laburantes que saben qué están haciendo con su vida se dividen equitativamente entre estar encerrado por horas en el tráfico urbano, hacer filas eternas para pagar los impuestos, quejarse un buen rato de la juventud, la religión, la política, la plata o el fútbol o, por supuesto, sentarse a rememorar sobre viejas épocas doradas cuya pasada existencia es realmente dudosa. Entre tantas actividades, es inminente la finalización de aquellos quehaceres más típicos de los pibes de hoy en día como “salir de joda todas las noches”, “no hacerse responsable por nada”, “vivir fumando drogas” o, mi preferido personal, “pasarse todo el día pelotudeando con el celular”.

¿Quién quiere dejar atrás los dulces días de la juventud en pos del crecimiento personal, donde aparentemente nos la vamos a dar contra la pared constantemente? Desde que somos infantes, todos los que nos criaron nos recordaron que “estos son los mejores años de nuestras vidas”, y que aprovechemos porque algún día “se va a acabar la joda”. Como profetas de la angustia, nuestros padres, hermanos, tíos, vecinos, y demás se han encargado de pinchar todo tipo de ilusión sobre lo que nos depara en nuestras vidas.

Ya conocemos el discurso. Preparate nene, porque si ya sabés que querés de tu vida, va a ser difícil que consigas laburo de eso. Bueno, en realidad, va a ser difícil que consigas laburo de cualquier cosa, y si lo hacés, probablemente no te va a gustar, porque hay que dejar ir esos sueños ingenuos del trabajo ideal. Si te tocó un trabajo inesperado que te llega a gustar, no te pagan un mango, y si por alguna de esas coincidencias extrañas de la vida tenés un buen sueldo, entonces está clarísimo que debe ser de esos laburos donde te forrean, porque viste, sos un pendejo y tenés que curtirte. Ah, ¿te tratan bien? Seguro no tenés vida social, porque te estás formando y debés pasar todo el día encerrado. Incluso si llegás a manejar tus tiempos con tus amigos entonces es obvio que en el amor te va a ir increíblemente mal porque no podés tenerlo todo, eso del romance ahora esta super devaluado, entendés. Igual, si llegás a tener una vida amorosa no te ilusiones: segurísimo que vas a perder cada vez que juegues al truco, porque todos sabemos que a buena suerte en el amor, mala suerte en el juego. Ah, y no te olvides que siempre vas a tener que preocuparte por las canas, las arrugas, la inseguridad, el dólar, los mosquitos, el efecto de la humedad en tus huesos y la constante amenaza de ahogarte con tus propios dientes cuando se te caigan. Porque se te van a caer, nene. Ni lo dudes.

Paradójicamente, parece que la única persona que parece destinada a sufrir estas cuestiones sos vos. Al menos a primera vista, todos tus amigos y allegados tienen clarísima su vida mientras que vos te sentís el mismo gil de siempre. Ante la temida cuestión del “qué vas a hacer”, Miguel te cuenta que ya tiene un emprendimiento propio, Felipe está pensando en formar una familia y Sandra se va a viajar por el mundo mientras que vos, bueno, nada, ni siquiera podés decidir qué filtro ponerle a tus fotos de Instagram.

Ante esta situación, es obvio que querés que la tierra te trague cada vez que te preguntan qué tenés planeado hacer con tu vida. Duele abrir los ojos y enfrentarse ante la inminente llegada de la responsabilidad adulta, especialmente si te la pintaron como una tragedia. Tampoco ayuda que todos alrededor tuyo parecen acoplarse al mundo y decidir qué van a hacer con su vida con facilidad mientras uno tiembla y llora como un bebé ante el vacío que se le presenta cada vez que le preguntan por el porvenir.

Pero, ¿saben algo? Es hora de desmantelar esta farsa. Enterita. Es hora de dejar de comernos el verso contradictorio de que, por un lado, crecer es siempre malísimo y, por el otro, todos manejan ese descenso a la oscuridad con gracia mientras que nosotros somos los únicos que dudamos. Está bien. Probablemente haya canas. Y angustias. Y alguna que otra caída de dientes. Y tal vez, sí, parece que Miguel la pasa bárbaro mientras vos no podés dormir porque no sabés qué va a ser de vos después de rendir ese último final. Pero la realidad es que todos estamos perdidos y nos pasamos la vida entera intentando buscar nuestro lugar en ella. No hay tal cosa como un adulto serio laburante que sabe lo que quiere con su vida porque la vida es pura incertidumbre. Nunca se sabe lo que nos depara a ninguno, y aunque esta realidad nos puede generar cierta angustia, esto no significa que no puede convivir con cierta emoción. Si el futuro es un espacio vacío, significa que hay lugar de sobra para crear cosas nuevas.

Esto es lo lindo del no saber: que cualquier cosa puede pasar. Y cuando digo cualquier cosa, sí, digo cualquier cosa. Por supuesto, este espectro tan amplio incluye posibilidades como que te pise un gendarme a caballo la próxima vez que salís a dar una vuelta, pero también puede contener panoramas nuevos que hoy ni podemos imaginarnos. Creo que crecer es aceptar que estamos creciendo: es tomar la incertidumbre y hacerla propia, con todas las responsabilidades que eso implica. Es difícil, porque hay decisiones que no siempre son fáciles de tomar. Pero tiene algo bueno: que nos da la posibilidad de usar todas las herramientas que fuimos acumulando con los años para empezar a dirigir nuestra vida hacia todas las ilusiones que fuimos formando sobre ella desde que nacimos. Cuando éramos chicos vivíamos soñando con la oportunidad de vivir aventuras como nuestros héroes preferidos. Crecer no implica dejar de lado a este chico que siente todo con intensidad y vive soñando. Al contrario, significa integrar la mente del chico con la capacidad de acción del adulto. Ya es hora, amigos, tenemos que crecer. Así que agarrá al niño interno, abrazalo muy fuerte y salta con él hacia ese vacío: una nueva aventura ya está por empezar.

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