Volver a Casa

 Volver a casa. Qué frase tan… ambigua, ¿no? Porque, ¿qué es casa? ¿Un lugar físico? ¿Cuatro paredes y un perro? ¿Donde vive una familia? ¿O casa es donde uno se siente en paz, donde uno se puede sacar los zapatos y decir “llegué, volví, acá estoy”? Volver a casa hoy para mí significa volver a Argentina, después de meses afuera, volver a mi “tierra natal”. Volver a una tierra que cada vez siento más lejos. Volver a casa hoy significa dejar amigos, amores, sensaciones, cosas sin hacer, deseos sin concretar. Volver a casa hoy significa dejar una parte de mí atrás, de nuevo.  

               Qué loco, ¿no? Los años pasan, los viajes se repiten, y uno no se acostumbra. No se acostumbra al vacío de llegar y dársela contra la pared. No se acostumbra a la sensación de no ser un visitante, de no entender que no, que uno volvió, que ya no es un personaje pasajero del ambiente que lo rodea. No se acostumbra a perder esa soledad tan acompañada que significa un viaje, esa libertad plena que solo una aventura así te puede dar. A perder ese calor que te sube cuando te subís al avión y mirás como las luces de la ciudad se hacen más chiquitas, a esa sensación de “acá tengo que estar, acá vengo yo” cuando el avión aterriza y sentís que de nuevo, estás volviendo a casa. A perder ese constante asombro por lo nuevo, esas ganas de aprender a vivir de una forma diferente, de tirarse a la pileta y apostarlo todo.

               Pero uno vuelve a casa, de nuevo casa, esa palabra tan concreta, tan sencilla pero tan elusiva. Uno se olvida de esa sensación de encontrarse con uno mismo, con esa versión de uno que no esconde nada, que no usa caretas. Uno se olvida de lo que es sentirse auténtico y de lo increíble que es afrontar el mundo sabiendo que sí, que esto es lo que tiene que ser. Que este es el lugar en donde uno tiene que estar, que es el momento en el que puede, por ahí por un rato, hacer un poquito de lo que vino a lograr en el mundo. Pero uno vuelve y se siente caer, se deja caer despacio, como en cámara lenta, mientras asiente que sí, que está feliz de volver y recuperar a viejos amigos, que sí, que extrañó a su familia y que no, que no puede creer que el tiempo haya pasado tan rápido. De a poco uno se saca el cartel de visitante y se pone el de residente de nuevo, sacando de la valija la máscara que quedó empolvada después de meses sin uso, volviendo a ser quien era antes de conocerse a sí mismo. Se esconde de nuevo esa personalidad a flor de piel, esa felicidad de poder mostrarse a uno mismo 100% auténtico, y uno se vuelve a ubicar en su rol doméstico que tan bien entrenado tiene. Uno se siente un extranjero en su país, un alien de su cultura, un incomprendido. Porque ¿cómo va a entender el resto todo lo que pasó? La sensación de liviandad que uno siente cuando el corazón le late fuerte, cuando el corazón le dice que pare de buscar, que su destino está acá. La sensación de poder volar, de poder derribar todo obstáculo, toda gárgola que a uno se le cruce en el camino, la sensación de ser invencible.

              Y el resto no entiende, y el resto festeja la llegada. El resto no escucha el grito desesperado, la falta de aire, la incomprensión. El resto se incomoda al encontrar a uno cambiado, al verlo crecido, diferente. El resto se incomoda porque no entiende, no entiende el proceso que llevó al cambio, no entiende la felicidad plena de haber visto cómo es uno de verdad, no entiende la frustración al sentir que la careta se posiciona de nuevo, y que se sube el telón; personajes listos para el acto de nuevo.

              Y toca volver, porque siempre toca volver, porque ‘casa’ no va a ningún lado, casa está ahí, expectante, esperándonos aunque no la busquemos, aunque no la querramos. Casa no necesita que le demos un lugar en nuestras vidas, casa está en segundo plano, tímida, esperando el momento en que decidamos volver a verla. Y casa no se ofende por nuestra indiferencia, por nuestras miradas frías a las paredes llenas de resentimiento deseando que mágicamente se conviertan en paredes menos ajenas, en paredes que quedaron a miles de kilómetros. Y por ahí eso es lo ambiguo de casa, que casa no es esa pared azul arrepentida donde ahora solo se ve blanco, casa no es esa reja que siempre está destrabada porque es más fácil pasar. Casa es uno mismo, casa es esa mirada cómplice de un amigo, casa es ese abrazo de la persona indicada en el momento justo, casa es la piel de gallina cuando uno piensa en el futuro, en lo que está por venir, en los sueños. Así que si, siempre toca volver a casa, espero poder encontrarla.

One thought on “Volver a Casa

  1. Hermoso relato ❤️ Amo viajar y amo encontrarme y re.descubrirme siempre. Gracias por estas palabras que describen tan bien las sensaciones que me invaden cada vez que vuelvo o que me voy 😊

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