Faustina y Ernesto

– No te vayas, yo solo quería que lo supieras.

– Lo sé, pero no quiero seguir así.

       Una joven enamorada a un joven enamorado en algún momento del terrible siglo XX.

 

Era lunes 14 de abril de 1966. Ya había dejado de brillar el sol en ese pueblo perdido de la provincia de Buenos Aires cuando ella ponía fin a la primera historia de amor de su vida. Le dolía tanto el pecho, como si su corazón le gritara que no dijera las palabras que había estado pensando toda la noche: se terminó.

La tarde anterior él le había contado que su madre no quería verlos juntos. No pensaba dejarla por eso, era un motivo demasiado cliché como para que ellos le prestaran atención, pero ella no se quiso arriesgar. Se apreciaba tanto a sí misma que no iba a dejar que una desconocida viniera a desafiar su ego y mucho menos una suegra en potencia con el riesgo de tener que soportarla toda su vida. Así que los estándares sociales hicieron lo propio, complicar las cosas sencillas, tanto como para que dos personas que andan con ganas de quererse al final decidan no hacerlo.

Entonces se lo dijo: se terminó. Fueron solo dos segundos, con un objetivo, sentir que controlaba su destino, y un resultado, romper otro corazón como se había roto el de ella.

Él no pensaba dejarla, solo había tenido un impulso de tonto moralista y decidió decirle la verdad. Si tan solo no hubiera juzgado a la mentira y no le hubiese contado lo que le dijo la madre, tal vez este cuento chino no hubiese ocurrido y el destino de los descendientes se hubiese librado de todo pecado ancestral. Pero lo dijo y ella también: se terminó. De repente sus ojos se llenaron de lágrimas y la imagen de ella se le apareció desdibujada, como si ya empezara a ser una extraña antes de que su perfume terminara de alejarse al otro lado de la calle.

Nadie sabe si hubo un beso de despedida. Algunos dicen que ella estaba tan enojada y él tan desconcertado que no pensaron en que era la última oportunidad para que sus cuerpos se volvieran a querer. Otros cuentan que antes de salir corriendo ella se acercó y él la abrazó tan fuerte como si intentara que su cariño se guardara en lo más profundo del alma. En lo que todos coinciden es en que esa fue la última vez que se volvieron a ver en el mediano plazo.

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Después de eso sus vidas fueron tan comunes como las de cualquier mujer y hombre de la multitud. Aunque dicen que siempre se vuelve al primer amor y el tiempo les guardó una segunda oportunidad. Fue después de casi medio siglo cuando los amantes se volvieron a cruzar. Para entonces, la vida ya les había arrebatado los segundos amores de sus vidas, aunque esta vez no había sido por elección. Ella tuvo un gran compañero, con quien juntos superaron las adversidades y vieron crecer a la familia soñada. Todavía lo recuerda cada noche y siempre le regala al cielo un nuevo beso de amor. Él también tuvo una compañera, mujer, madre, abuela, esa que conoció luego de que ella lo dejara, pero ahora se había convertido en una extraña con la que lo único que compartían era una misma habitación.

Cuando se enteró de que ella estaba cerca, fue como si su espíritu hubiese renacido. Dicen que los años de juventud siempre son tiempos de rebeldía, en 1960 y en cualquier tramo de la historia universal, y saber de su existencia a tan pocos kilómetros le devolvió esa esencia juvenil a sus sesenta y pico de años. Entonces se lanzó a la conquista, tímido como si nunca lo hubiese hecho antes. Pasó miles de veces por su casa, en donde ella vivía con la familia de su hija, pero nunca se animó a parar. Consiguió su celular, que una pícara tía abuela de unos noventa años no tardó en encontrar agendado en una libreta de papel, pero no la llamó. Recién después de un año, cuando ya no aguantaba más, se animó a parar en su trabajo y decirle: “yo estoy casado, pero las cosas no están bien hace mucho, no pasa nada con ella, solo seguimos juntos porque ¿cómo empezar algo de nuevo a esta edad? Pero te quiero y nunca me olvidé de esa tarde que terminaste lo nuestro, ¿tenés ganas de volverlo a intentar?”.

Después del pueblo los dos habían emigrado a la ciudad, como en un éxodo en búsqueda de un futuro mejor, caminaron durante años bajo el mismo sol y nunca se encontraron. Al final su porvenir apareció en el mismo pueblo donde se habían perdido hacía 40 años: en una esquina se dijeron adiós y en la siguiente se animaron a besarse con tanto temor como la primera vez. Entonces la historia volvió a empezar, con llamadas por teléfono sin que nadie lo supiera, escapadas y lugares escondidos, tardes de mates y charlas, noches de hoteles y de amor apasionado. Todo prohibido. Eran dos viejos amantes que sabían cómo querer al otro y también cómo quererse a ellos mismos. Iguales a dos jóvenes enamorados pero con toda una vida de experiencia. Su historia les gustaba, los divertía y disfrutaban la adrenalina de lo secreto, de lo que no se puede saber. Eran amantes y los dos lo aceptaban con la cabeza bien en alto.

Con el tiempo los amigos se enteraron, también la familia de ella y quién sabe si alguien más por parte de él. ¿Si los juzgaron? Probablemente. Para algunos no es fácil aceptar esas cosas que se salen del libreto, pero al final todos quieren ver felices a aquella gente que quieren ¿o no? ¿Si se cuestionaron a ellos mismos? Sin dudas más de una vez porque a uno también le cuesta entender que a veces la felicidad que queremos no está en eso que teníamos planeado y que convertirnos en lo que antes veíamos muy mal puede ser lo que nos haga sentir plenos. Después de todo, hay veces que el destino nos controla a nosotros, aunque creamos que las decisiones están en nuestras manos.

Algunos dicen que fue algo esporádico, como las típicas historias en las que los hombres prometen dejar a su familia y nunca lo hacen, y la mujer aguanta hasta que un día losimono_y_ernesto (7).jpg vuelve a dejar. Pero en verdad él nunca prometió eso y ella nunca pareció esperarlo. Por eso, otros comentan que la historia siguió y que si hoy espían los teléfonos de los amantes todavía circulan llamadas de amor y de fraternidad. De ser cierto nuestros enamorados ya habrían cumplido sus bodas de estaños, más de 10 años de secreto y de intriga. Los pájaros de la ciudad rumorean que, sin embargo, hoy su salud hace que les sea difícil verse sin intermediarios. Que entonces él suele llamar a las nietas de su amada para preguntar cómo está y que cuando los dos mejoran un poco sigue yendo a visitarla. ¿Por qué? Porque su amor se mantiene vivo, por lo prohibido, la picardía, la incertidumbre, por esa historia común que los une más allá del tiempo y del lugar, por ese amor que se tienen y que no hay nada ni nadie que pueda cortarlo.

 

 

 

 

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